¿Se acerca el fin de Uribe?
El pasado 18 de agosto, los medios nacionales sorteaban
todo tipo de titulares porque el expresidente de la república y senador,
renunciaba a su curul como congresista, en oficio dirigido al presidente de
esta corporación, Arturo Char, el precitado líder del uribismo adujo “la
violación de ocho garantías procesales (…) que anulan cualquier expectativa de
poder regresar al Senado”, es, pues, pertinente la afirmación de Bovero (1997):
“el hombre político es, ante todo, un estratega (p. 101)”. Dicha estrategia o jugadita, consistía en que su caso (de
fraude procesal y soborno) pasara de la Corte Suprema de Justicia (autoridad
encargada de investigar y juzgar a los congresistas), a la justicia ordinaria,
es decir, a un juez de la república que investiga y sentencia a cualquier
ciudadano. Tal estrategia jurídico-política surtió efecto a favor de Uribe,
pues, el pasado 10 de octubre, luego de casi dos meses en estado privativo de
la libertad, el expresidente pudo volver a las calles.
En ese sentido, Uribe recobraría, aparte de su anhelada
libertad, una de las tres causas principales de disensión que menciona Hobbes
(1992), en su obra culmen, Leviatán: la gloria (las otras dos son la
competencia y la desconfianza, p. 107), con que se dirigiría de manera sucinta
a sus seguidores: “Gracias a Dios”, apoyándose, en la moral y en la
religiosidad y apelando al nombre de un ser supremo, para generar una
expectativa positiva y de triunfo en un país donde la mayoría de sus habitantes
practican alguna creencia devocional.
Aunado a lo anterior, como resalta Bovero (1997): “la
impunidad sería entonces la diferencia última, la verdadera contraseña del
detentor del poder político: nadie logra perseguirlo” (p. 95-96), aquí es
importante destacar lo que se preguntó Locke (1995):
“Qué clase de gobierno será, y si resultará mejor que el
estado de la naturaleza, aquel en el que un hombre, con mando sobre la
multitud, tiene la libertad de juzgar su propia causa y de hacer con sus
súbditos lo que le parezca, sin darle a ninguno la oportunidad de cuestionar o
controlar a quien gobierna según su propio gusto, y a quien debe someterse en
todo lo que haga, ya sean sus acciones guiadas por la razón, por el error o por
el apasionamiento” (p. 19).
Uribe, el usurpador
El expresidente, sin que tenga que decirlo, alude
frecuentemente a uno de los tres poderes de los cuales habla Weber, el poder carismático, el cual consiste, de
acuerdo a Bobbio (1985) en “la creencia en las dotes extraordinarias del jefe”
(p. 127), valiéndose, claramente, de la previsión, que menciona Hobbes (1992)
que trata, ni más ni menos que la manera de “controlar, ya sea por la fuerza,
ya [sea] con estratagemas, a tantas personas como sea posible, hasta lograr que
nadie tenga poder suficiente para poner en peligro el poder propio” (p. 106),
por supuesto que, con su astucia, Álvaro Uribe Vélez no instaura la fuerza en
estos momentos, aunque sí institucionalizó y heredó la famosa seguridad
democrática, la cual no es más que el uso coercitivo de la fuerza pública para
combatir a las guerrillas, principalmente la de las Farc.
Pero, ¿por qué me atrevo a decir que Uribe es un
usurpador? Para esto me permito parafrasear a Locke (1995), quien arguye que
los hombres son como las bestias, en donde “el más fuerte es el que obtiene el
poder, generando así un clima de desorden perpetuo, de malicia, de sedición y
de rebelión” (p. 8), y eso es lo que ha generado Uribe, no solamente división o
polarización, sino un caos político-social que día a día deja más víctimas por
el capricho de alguien en sempiternamente querer obtener el poder. Seguramente,
hay que decirlo, todo esto desencadenamiento de odios se infundió en Uribe el
día en que las Farc, en el año de 1983, asesina a su padre, Álvaro Uribe
Sierra, lo cual, desde entonces, provocaría en este joven una pasión y un deseo
de venganza latente que lo llevaría demasiado lejos, al punto “de castigar a
otros, de lo cual solo podrá seguirse la confusión y el desorden” (Locke, 1995,
p. 18), ese castigo, trayéndolo a contexto no es más que ajusticiar a sus
victimarios a través de la fuerza pública cuando estuvo facultado para ello
cuando fue presidente de Colombia y esa confusión, entre otras, serían
propiciando doctrinas y creencias falsas, como las de la cartilla que volvería
homosexuales a los estudiantes de colegios públicos y el famoso castrochavismo
que, supuestamente, iba a implementar Gustavo Petro de haber ganado las
elecciones presidenciales de 2018. Y así dividió al país, tal como lo sentencia
Rousseau (1995): “no pudiendo nuestros políticos dividir la soberanía en su
principio, la dividen en su objetivo: divídenla en fuerza y en voluntad” (p.
31).
Así pues, dice Hobbes (1992): “en un Estado donde, por
negligencia o torpeza de los que gobiernan, se difunden falsas doctrinas de una
manera general, las verdades contrarias pueden resultar generalmente ofensivas”
(p. 150), ¿no es más cercano al ‘madurismo’
los ademanes y formas de gobierno del mismo presidente Duque? “Las acciones de
los hombres, proceden de sus opiniones”, tal como lo explicó Hobbes (p. 150).
Así lo advirtió Rousseau (1998): “los usurpadores acarrean o escogen siempre
estos tiempos de trastornos para hacer pasar, ayudados del terror público,
leyes destructoras, que el pueblo jamás adoptaría si conservase su serenidad”
(p. 58). El rayo homosexualizador no
fue más que una burla para quienes pretendían educar acerca de la equidad de
género y el castrochavismo no fue más que una estrategia para infundir miedo y
terror y así continuar en el poder.
Se acerca el fin político de Uribe
Expresamente lo
manifiesta Rousseau (1998) “el más fuerte nunca lo es bastante para dominar
siempre” (p. 11), y, claramente, Uribe no es sempiterno ni mucho menos
todopoderoso, él, a pesar de garantizar seguridad a los ciudadanos, y de un
Acuerdo de Paz con muchas falencias, se ha quedado en el tiempo, aunque sigue
teniendo sus seguidores, seguirá por fuera de la esfera política del
legislativo por lo menos año y medio más, hasta elecciones de 2022, no así
estará excluido del mismo poder y de su injerencia en las diferentes formas de
poder.
El mismo Rousseau (1998) dice que tirano es el usurpador
de la autoridad real, y el déspota es el usurpador del poder soberano (p. 102),
eso está haciendo Uribe, aun cuando se diga que Duque es su títere, no está
haciendo algo más que usurpar el poder de quien lo obtuvo legítimamente, así
existan procesos de presunta compra de votos a favor del entonces candidato
Iván Duque Márquez, y así este último finja como primer mandatario de los colombianos.
Por eso, “no pudiendo el legislador emplear ni la fuerza ni la razón, es
indispensable que recurra a una autoridad de un orden diferente que pueda
arrastrar sin violencia y persuadir sin convencer” (Rousseau, 1998, p. 49).
Finalmente, como bien se ha expresado en El contrato social: “el principio de la
vida política está en la autoridad soberana” (p. 102), y es precisamente lo que
perdió –y está perdiendo- Uribe.
Referencias bibliográficas:
Bobbio, N. (1989). Estado Gobierno y sociedad. México:
Fondo de Cultura Económica. 68-187. Recuperado de http://postulacion.flacso.edu.mx/guias/lecturas_mcs/bobbio_estado_gobierno_y_sociedad_cap3.pdf
Hobbes (1992). El Leviatán (capítulos: 13, 14 y 18):
Altaya. https://drive.google.com/file/d/1Q4IWj9kbOI-9uJa6LyBVcgjJda5yDtGc/view?usp=sharing
Locke (1995). El segundo tratado del gobierno civil
(capítulos: 1, 2, 5, 9, 10, 11 y 12): Altaya. https://drive.google.com/file/d/1AS5bnrFDBllCs8WzGVueqimzRYPRe6hA/view?usp=sharing
Rousseau (1998). El contrato social (Libro I, capítulos:
1-7. Libro II, capítulos: 1, 2, 3, 4, 6, 7 y 11. Libro III, capítulos: 3 y 10):
Altaya. https://drive.google.com/file/d/11Lbq0veyuPLkvvteRtc_-WZkUcXffZJq/view?usp=sharing

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